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	<title>Olga Mesa &#8211; Periodismo ULL</title>
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	<description>Diario digital de la Universidad de La Laguna</description>
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	<title>Olga Mesa &#8211; Periodismo ULL</title>
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		<title>Calima, una historia de amor por la tierra</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ricardo Marrero Gil]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 22 Aug 2019 06:00:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Calima]]></category>
		<category><![CDATA[El Aaiún]]></category>
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					<description><![CDATA[A tan solo a 45 minutos del Archipiélago el pueblo saharaui libra una lucha por la libertad. Sin embargo, de la cercana África no nos llega más noticias que la calima. La historia del arafero Porfirio Mesa y su hija Salka Embarek, sin embargo, pone rostro a la emigración canaria en El Aaiún. ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Cada cierto tiempo, la fina cortina de tierra sacude las tabaibas peladas; una capa de polvo cubre el capó de los coches, los alféizares de las ventanas, las liñas de ropa de las azoteas&#8230; Tres mil kilómetros de mar separan las islas Canarias de la costa africana, de nuestro continente. Sin embargo, de él no nos llegan más noticias que la calima, una incómoda acumulación de partículas en suspensión que carga la atmósfera. Entremezcladas con la arena, arriban a nuestras playas canciones de nombres que aún no sabemos pronunciar. La historia de Mohamed Uld Embarek es una de ellas.</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Cuando estalló la Guerra Civil, Porfirio Mesa empezó a trabajar en una galería. Había nacido siete años antes, hijo de unos padres que no lo querían. Al anunciarle a su madre que no traería más el jornal a casa porque estaba apunto de contraer matrimonio, lo dejaron en la calle sin más compañía que una valija desvencijada. Entre tanto, no faltó un solo día a trabajar en la mina, pero no fue fácil: vivía en una cueva y se bañaba en el mar. </span></p>
<h4>Salitre y plátano frito</h4>
<hr />
<p><span style="font-weight: 400;">Los duros que ahorró antes de casarse se acabaron muy pronto. La España de posguerra lo empujó a probar fortuna en el lugar donde otros tantos canarios hallaron el éxito: Venezuela. Así, trabajó en una gasolinera al borde de la selva hasta que se vio obligado a huir cuando unos indígenas mataron a su patrón por haber raptado a una muchacha. </span><span style="font-weight: 400;">Sin siquiera percatarse, cruzó descalzo la frontera con Colombia, donde fue deportado a Caracas. De nuevo en la capital, trabajó para múltiples empresarios, a veces extranjeros y otras veces compatriotas, pero siempre explotadores. La hepatitis, no obstante, le afligió hasta hacerle perder su trabajo y, por poco, la vida.</span></p>
<p>Cuando a su mujer le llegaron noticias del famélico estado en que se encontraba, no lo dudó un instante: pidió un préstamo al párroco del pueblo y se embarcó para traerlo de vuelta. Aunque luego habría de devolver aquel dinero a un altísimo interés, solo cuando subió al navío se dio cuenta de que el billete no cubría más que el viaje de ida, que no incluía la comida ni el camarote. Durante ese tiempo, y según les contó una y otra vez a sus hijas en un alarde de realismo mágico, Mesa llegó a comer plátano frito en aceite de coche. El rescate de su mujer fue su salvoconducto de regreso a la vida.</p>
<h4><b>«Lo que más sorprendió a mi padre en su primer viaje a El Aaiún fueron los paisajes de arena y la brevedad del camino»</b></h4>
<hr />
<p><span style="font-weight: 400;">Tras un año de sangre y esfuerzo, Porfirio Mesa y su esposa pudieron reencontrarse con sus hijas, que habían dejado a cargo de la abuela en Tenerife. Sin embargo, de regreso en su tierra natal, Mesa </span><span style="font-weight: 400;">se dio cuenta de que el mar, símbolo de libertad para tantos, de pronto se había convertido en su cárcel. Tenerife era un mundo en miniatura, un aperitivo para alguien que casi se había zampado las Américas. Al cabo de poco tiempo, se enteró de que una avioneta estaba a punto de partir hacia El Aaiún, en el Sáhara, y, aunque jamás había conocido el desierto, decidió pedirle la revancha al destino, pero esta vez, en un continente mucho más cercano. Si algo le sorprendió de su viaje, además del paisaje de arena interminable, fue un detalle que, por nimio, se nos pasa inadvertido al resto: la brevedad del camino. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Pero, una vez en su destino, no fue bien recibido. El Sáhara era por entonces una colonia española, reconvertida más tarde en provincia a efectos burocráticos. Por eso, él, un civil, no era visto con buenos ojos por los militares peninsulares ni por los ingenieros de misiones, que trazaron una gruesa línea clasista en su esfera social. Hubo alguien, en cambio, que lo acogió sin ningún cuestionamiento: el pueblo saharaui. </span></p>
<h4>Bautizo del desierto</h4>
<hr />
<p><span style="font-weight: 400;">Un día, el </span><i><span style="font-weight: 400;">chej</span></i><span style="font-weight: 400;"> o jefe de la tribu Mohamed Embarek le cogió de la mano y lo llevó a un lugar apartado de la jaima y le bautizó como Mohamed Uld Embarek, esto es, «Mohamed, hijo de Embarek». Un arafero sin patria, de pronto, se vio a sí mismo nacido de las entrañas de la tierra. Empezó a rezar como los musulmanes, a adoptar sus costumbres, a hablar el dialecto árabe del hassanía, a pastorear el rebaño de cabras y camellos que le había procurado su auténtico padre, a apreciar el té amargo, a leer las estrellas de la noche africana. Por ese entonces, Olga Jorge se había trasladado con él al Sáhara y disfrutaba de una vida feliz y acomodada. Eran los 70 y nació su quinta hija: Salka Uld Mohamed Embarek, una niña del desierto que pudo conocer la libertad de no haber sido por la guerra. Hoy es Olga Mesa y no cesa en su lucha.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Hasta su último día, Porfirio Mesa siguió contando las estrellas en hassanía en agradecimiento al pueblo que le dio la vida. Siempre fue, en todos los sentidos, un hombre de la tierra.</span></p>
<h4><b>Contra alisio y marea</b></h4>
<hr />
<p>Todavía Olga Mesa se emociona al hablar de su padre, el que fuera el héroe de su vida. No obstante, su tono se ensombrece cuando llegamos a 1975. «Fue el año en que comenzó la invasión de Marruecos», sentencia. Y, aunque la guerra haya terminado, asegura, la lucha sigue en marcha: «La paz y la palabra es de lo que se han servido los saharauis para tratar de librarse del lastre de la ocupación marroquí y hacerse un hueco como pueblo, para que se reconozcan su idiosincrasia y sus costumbres propias». Sin embargo, aunque en España recae gran parte de la culpa, lo cierto es que nuestro país ha preferido mantenerse al margen.</p>
<p>«Aunque mis padres volvieron a Tenerife, estaban convencidos de que aquello no duraría mucho, de que se trataba de una simple estrategia militar», recuerda la hija de Mohamed Ulk Embarek, «luego supimos que muchos de los hermanos de mi padre, como él los llamaba, habían muerto acribillados en las calles de El Aaiún, bombardeados en el desierto que era su hogar o desnutridos y enfermos en los campos de refugiados; solo unos pocos lograron unirse al éxodo masivo de saharauis rumbo a la frontera con Argelia». Hoy, cuarenta años después, aún no se ha hecho justicia.</p>
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		<title>Olga Mesa: «La verdad es una pregunta»</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ricardo Marrero Gil]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 31 Mar 2019 14:05:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura / Ocio]]></category>
		<category><![CDATA[Asociación Cultural Escuela Literaria del Sur]]></category>
		<category><![CDATA[CulturaliaS]]></category>
		<category><![CDATA[Gabriel García Márquez]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Ramón Jiménez]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura latinoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Olga Mesa]]></category>
		<category><![CDATA[Premio Nobel de Literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[La escritora y empresaria sorprende por algunas cosas: su voz de arena, granulada y serena; su humildad y su talento; el feminismo sin miedo que lleva por bandera... Licenciada en Filología por la ULL, se acaba de sumar a la Escuela Literaria del Sur, pionera en la Isla. ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Olga Mesa es escritora. Encerrada en su eterna sonrisa, se afana en negarlo, pero las evidencias son contundentes. Y, en efecto, de vez en cuando a través del cristal de sus gafas, se perciben algunos versos que cuelgan de sus pestañas. Su propia vida ha estado siempre marcada por la simbología. Su padre, inmigrante en el Sáhara, fue acogido en el seno de una comunidad nómada, la misma que la crió a ella en sus primeros años de vida. Pero aunque creció bajo otro nombre del que usó al llegar a Güímar, desde el desierto miraba al mismo cielo que ampara ahora nuestra conversación banal de cafetería. ¿Podría existir una definición mejor de realismo mágico?</p>
<p>Seguramente ella tendrá la respuesta exacta o, al menos, eso asegura su brillante curriculum: la filóloga está especializada en literatura latinoamericana, en especial, en la figura de Gabriel García Márquez. La respondería con su voz de arena, suave y granulada, aunque de carácter menos dócil de lo que podría aparentar en un principio. Me confiesa que, en realidad, es bastante tímida. Nadie lo diría, a juzgar por su trayectoria. Cuando la camarera se acerca a nuestra mesa con un té floral en la bandeja y siento cómo el olor se impregna en las paredes, me apresuro a anotarlo en mi libreta: todo lo que rodea a Olga Mesa se convierte en poesía.</p>
<h3>Cartografía de una vida</h3>
<hr />
<p>Pero el don no le cayó del cielo. Comenzó a trabajar desde los 16 años. A los 18, el Hotel Mencey la fichó como una suerte de relaciones públicas. Cuando le redujeron el sueldo, decidió dejarlo. Semana tras semanas, se plantó en la librería de Paco Lemus porque tenía claro que su vida eran los libros. No desistió hasta que fue contratada. Tras años de esfuerzo, el siguiente trabajo llamó a su puerta. Otros 16 años fue lo que estuvo trabajando en El Corte Inglés, cada vez en puestos de mayor responsabilidad. Pero la coordinación del Ámbito Cultural no le fue suficiente. “Todo el mundo me trataba de loca”, recuerda Mesa. Abandonó su trabajo estable y con comodidades, en una empresa de éxito nacional, porque renunciaba a que aquello fuera el fin de su carrera.</p>
<p>Durante un año entero, estuvo ideando un nuevo proyecto en el que embarcarse. Así nació <a href="http://culturalias.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener" aria-label="CulturaliaS (abre en una nueva pestaña)">CulturaliaS</a>, una empresa editorial integrada por un equipo de cinco mujeres, todas ellas mayores de 40 años. Según confirma, este detalle no fue mera casualidad, sino una reacción ante el machismo sistemático de su antiguo trabajo. Mientras otros compañeros de su edad estaban en pleno apogeo de su carrera profesional, ella sentía que había rozado el techo de cristal. Con CulturaliaS, sin embargo, se rompen todos los esquemas que dominan el panorama del sector. “Además”, bromea la escritora, “estaba harta de ver las frases de Paulo Coelho con las que mi nuevo jefe estaba decorando su despacho”. Entre los servicios que ofrece, destaca la creación de contenidos para otros negocios, pero también la asesoría a personas físicas que quieren mejorar sus habilidades comunicativas.</p>
<p>Saliendo de la cafetería, Mesa tropieza y se ve obligada a agarrarse para no caer. Gira el cuello, culpa a la baldosa suelta de turno y nos encontramos con un agujero temporal que transporta al Güímar de los años ochenta. Al levantar la vista de nuevo, surge una jovencísima Salka Embarek. Lleva un vestido estampado que no combina con nada más que con un Pollock destartalado. A su espalda, pasea la guitarra que tantas veces compartió escenario con un retoño musical llamado Pedro Guerra. En la cabeza, justo en el centro de sus occipucios rapados, se erige una cresta amarilla.</p>
<h3>El aroma de un verso en el pasillo</h3>
<hr />
<p>De vuelta a la realidad, no nos espera un pasaje menos surrealista: Olga Mesa recita en un intento de andaluz los versos de Juan Ramón Jiménez, el Nobel de Literatura. “¡Inteligencia, dame / el nombre exacto de las cosas! / Que mi palabra sea / la cosa misma”. Concluye, tras el inciso poético, que se puede enseñar a escribir, pero no a ser escritor. No es siquiera necesario que lo confirme con palabras: por muy cándida que resulte su mirada, su carácter es el de una mujer fuerte y resiliente porque ha sabido hacerle frente a los obstáculos pese al riesgo que entrañaban. Y, pese a todo, gestiona tan bien los egos que ni siquiera parece empresaria.</p>
<p>Finalmente, la filóloga deja caer que la literatura es el continuo viaje introspectivo en busca de preguntas y que las preguntas son angustias y que las angustias son verdades. Tal vez eso es lo que espera con la <a href="https://www.facebook.com/aceldelsur/?modal=admin_todo_tour" target="_blank" rel="noreferrer noopener" aria-label="Asociación Cultural Escuela Literaria del Sur (abre en una nueva pestaña)">Asociación Cultural Escuela Literaria del Sur</a> que acaba de inaugurar: ejercer el arte de la escritura como terapia para curar viejas heridas interiores. En sus propias palabras, la literatura es transformar el código escrito en imágenes. Casi nada. Hasta los lugares comunes se vuelven vergeles cuando las palabras nacen del corazón. Y luego está el olor. Un intenso olor a flores.</p>
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