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	<title>Almudena Grandes &#8211; Periodismo ULL</title>
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	<description>Diario digital de la Universidad de La Laguna</description>
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		<title>Almudena Grandes y Luis García Montero se imaginan un mundo mejor</title>
		<link>https://periodismopre.ull.es/almudena-grandes-y-luis-garcia-montero-se-imaginan-un-mundo-mejor/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Ricardo Marrero Gil]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 24 Nov 2018 17:24:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura / Ocio]]></category>
		<category><![CDATA[Almudena Grandes]]></category>
		<category><![CDATA[El mundo que queremos]]></category>
		<category><![CDATA[Fundación Cultural de CajaCanarias]]></category>
		<category><![CDATA[Instituto Cervantes]]></category>
		<category><![CDATA[Luis García Montero]]></category>
		<category><![CDATA[Otoño Cultural]]></category>
		<category><![CDATA[Patricia García Padilla]]></category>
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					<description><![CDATA[La periodista y escritora madrileña conversa con el poeta y director del Instituto Cervantes acerca del futuro de la humanidad y del planeta. El coloquio entre el matrimonio obtuvo una gran recepción del público y logró completar el aforo de la Fundación CajaCanarias.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Las edades de Lulú</em> fue un caudal de éxito que le llegó de golpe a una jovencísima Almudena Grandes. Ahora, casi 30 años después, la autora no tiene más que palabras de agradecimiento para la obra que le brindó la vida que siempre había soñado. “A veces sentía que yo ya no era dueña de aquella criatura”, confiesa la columnista sobre el crecimiento desaforado de su impacto comercial. “Llegó un momento en el que estaba muy aturdida, no paraba de ir a platós de televisión y escribía todos los artículos que me pedían”. Sin embargo, como no podía ser de otra manera, hubo algo que la salvó: la propia literatura.</p>
<p>Con estas reflexiones sobre la novela que escribió con apenas 28 años, Grandes se confirma como una de las escritoras más sensibles e inteligentes de nuestro país. El hombre con el que lleva casi 25 años casada, el poeta Luis García Montero, la acompañó en una velada de <em>Black Friday </em>que nada tuvo que ver con la necrofagia de un mercantilismo impulsivo y naif. En su lugar, ambos se consagraron a la tarea de hilar una conversación profunda y reflexiva que mantuvo en vilo a dos salas rebosantes de público en la <a href="http://www.cajacanarias.com/" target="_blank" rel="noopener">Fundación Cultural de CajaCanarias</a>.</p>
<p>Esta breve retrospectiva de Grandes era, en realidad, su forma de responder al interrogante que Pilar García Padilla, moderadora del debate, había dibujado sobre la intimidad nada más empezar la entrevista. “¿Quiero ser famosa o escritora?”fue el dilema que se planteó Grandes. Su marido aclaró en pocas palabras aquel conflicto moral: “Lo bueno de tus novelas es que están escritas con total honestidad. No piensas en el lector como un comprador, sino en alguien con quien te gustaría dialogar”. El tema que se había puesto sobre la palestra, sin embargo, no era tan fácil de liquidar.</p>
<h4><strong>La intimidad de unas naranjas y el vértigo de una guerra</strong></h4>
<hr />
<p>Corría el año 1977. Grandes, vestida con el último traje que Zara había puesto de moda, acompañaba a su madre en el mercado. Mientras se acercaba a mirar los productos de un puesto contiguo, ella hacía cola en una frutería. Una voz de hombre le llegó al oído desde la nuca: “¿Compramos naranjas de zumo?”. La habían confundido con otra chica que llevaba el mismo <em>puñetero</em> vestido rojo de Zara. Esta historia autobiográfica, que Grandes recoge en su relato <em>Receta de verano</em>, fue el primer encontronazo de la autora con la privacidad. “No podía dejar de pensar que la intimidad residía en la forma en la que aquel joven le susurraba a su novia”, explica la autora. Hoy en día, la concepción del pudor sexual de cualquier adolescente de 17 años dista mucho de la mirada inocente de la madrileña.</p>
<p>Precisamente sobre el pudor reflexiona Luis García Montero, quien también ejerce como director del <a href="https://www.cervantes.es/default.htm" target="_blank" rel="noopener">Instituto Cervantes</a> desde agosto de este mismo año. “Las redes sociales nos empujan hacia un proceso de trivialización”, expone García. Él, como poeta, está acostumbrado a hacer de las intimidades la materia prima sobre la que versan sus poemas. “La intimidad, al igual que la poesía, requiere de un extenso monólogo interior”. Según su visión, la historia no solo pasa por los grandes acontecimientos políticos, sino también por las individualidades. “Dignificar la historia significa respetar la frontera entre lo privado y lo público”, asevera.</p>
<p>Preocupado también por la sociedad del espectáculo y la telebasura, que calificó como un estercolero, manifiesta: “Declarar una guerra es tan abismal como decir ‘te quiero’”; aunque las consecuencias son distintas, la sensación de vértigo es la misma. Ambos estuvieron de acuerdo en argüir que, por su condición de personaje público, deben cuidar la imagen que proyectan al mundo y que esa máscara ha de concordar lo máximo posible con su rostro verdadero, pero bajo ninguna circunstancia podría trascender a la transparencia total. “La subjetividad es una reacción contra la servidumbre religiosa, se crea a partir del secreto”, argumenta García. La única forma de aprender a defender ese derecho es a través de la educación.</p>
<h4><strong>La España que pudo haber sido</strong></h4>
<hr />
<p>No obstante, la España de los 80 era muy diferente. Los últimos coletazos de la adolescencia de Almudena Grandes coincidieron con los primeros años de juventud de un país aturdido por la dictadura franquista. “Mi generación estaba programada para cultivar el exceso sin el peso de la culpa”, relata la novelista; “Salíamos de una época en la que Estado e Iglesia eran lo mismo y lo que se consideraba pecado era también un delito”. Fue precisamente la esencia de ese país frenético y desmadrado de la que bebió su ópera prima.</p>
<p>Aunque la década de la Movida fue muy libertaria, la mujer no logró liberarse de todas sus cadenas. Pese a que todo parecía nuevo y flamante, resultó ser un espejismo, pura efervescencia. “Nuestras madres nos educaron para vivir en un país que ya no existía cuando nos convertimos en adultos”, explica la madrileña. En ese período de transición, las jóvenes estaban perdidas: ya no se sentían identificadas con la generación de sus madres, pero tampoco con el feminismo duro anglosajón o con aquellas francesas que quemaban sus sujetadores en la universidad. “El nacionalcatolicismo hizo mella en nosotras. Al final tuvimos que aprender a trompicones”, matiza sobre aquella época revolucionaria.</p>
<h4><strong>Del amor en tiempos de <em>egos revueltos</em></strong></h4>
<hr />
<p>“Uno no puede amar a alguien al que no admira”, sentencia la novelista. Para ella, es fundamental la armonía de las poéticas, de la metaliteratura. Para él, la complicidad solo se da cuando la admiración es mutua y prevalece sobre la envidia por el éxito ajeno. Por suerte para ambos, el objetivo que persiguen sus literaturas es el mismo: mantener un diálogo con la sociedad.</p>
<p>En lugar de frecuentar corrientes más experimentales, cada uno ha cultivado desde su propio género el gusto por escritores del calibre de Antonio Machado o Benito Pérez Galdós. “Afortunadamente”, añade Grandes, “nuestros ritmos de trabajo, nuestros editores e incluso nuestros lectores son diferentes, pero compartimos la ebullición de la creación, los períodos de soledad, las crisis&#8230;”. Ahí reside la complementariedad de los dos literatos. Luego confiesa: “Cuando discutimos, lo hacemos por las mismas cuestiones que una pareja normal, pero nunca por la literatura”.</p>
<h4><strong>¿Novelista, poeta o literato?</strong></h4>
<hr />
<p>“Solo hay tres formas de vivir de la escritura: ser novelista de reconocido prestigio, ser poeta y escribir novelas o casarte con Almudena Grandes”, bromea García Montero. El malagueño reúne, en realidad, un poco de los tres perfiles. Aunque se presenta como poeta, también es catedrático de Filología e imparte clases en la Universidad de Málaga. Por otra parte, ha realizado pequeñas incursiones en la novela y en el ensayo. Con todo, no logra vivir solo de sus poemas.</p>
<p>El caso de su compañera es muy distinto: ella se dedica de pleno a su vocación, que también es su trabajo. Invierte unas cinco horas todos los días en el proceso creativo y es muy disciplinada. Lo que nunca deja de hacer es de pensar. “Los escritores somos como un caldero con tapa”, comenta. También tiene muy presente a sus lectores: “Ellos son el único premio que no se puede amañar, son la mayor riqueza de un escritor”.</p>
<p>La metodología de García, sin embargo, es más flexible: escribe mucho en los trenes y en sus viajes. Bajo su punto de vista, escribir una novela se parece mucho a redactar una tesis doctoral o un ensayo académico. “Los novelistas somos el verdadero proletariado de la escritura, ustedes, los poetas, ni siquiera llenan la línea”, interrumpe Grandes, provocando la risa del público. Su marido, no obstante, no comparte ese gusto por la actitud prusiana de los novelistas. En su lugar, reivindica la dimensión social de la literatura para realizarse como persona y como vínculo con el mundo. Por eso también defiende a los lectores: “Todos los que nos dedicamos a la escritura lo hacemos porque antes hemos sido grandes consumidores de libros; despreciarlos es traicionar nuestro propio pasado”.</p>
<h4><strong>La literatura como compromiso para con la sociedad</strong></h4>
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<p>La crisis de 2008 es uno de los hitos recientes más trascendentales para la historia de España. La sacudida fue tal que ni siquiera los escritores estuvieron blindados. En palabras de Almudena Grandes, la crisis fue en realidad una guerra entre los especuladores financieros y la soberanía de las democracias. En medio de ese caos, los líderes políticos europeos se pasaron al bando enemigo en vez de combatir por los derechos ciudadanos.</p>
<p>Este tipo de respuestas dejan entrever el fuerte compromiso social de la pareja de autores con el pueblo español. Luis García Montero, sin ir más lejos, entró a militar en el Partido Comunista Español  un año después de la muerte del dictador Francisco Franco. Una década más tarde, participó en la fundación de Izquierda Unida. Hoy, aunque asegura que no se siente identificado con ninguna sigla política, mantiene intactos sus ideales. Sus investigaciones, de hecho, se centran en recuperar la memoria histórica a través del estudio de literatos exiliados, como Lorca o Alberti. Le preocupan, sin embargo, la execración de las instituciones parlamentarias y el sectarismo político de personajes como Trump o Salvini.</p>
<p>Su pareja, sin embargo, se muestra mucho más optimista que él y confiesa que le inquieta el nihilismo de la desolación. “El compromiso social es inherente a la literatura porque escribir es mirar al mundo”, asegura. La autora considera que, aunque la música haya dejado de sonar, el baile debe continuar para las nuevas generaciones. Mientras que en la actualidad se reivindica el individualismo más rancio y trivial, ella aboga por cavar nuevas trincheras.</p>
<h4><strong>Media vida juntos</strong></h4>
<hr />
<p>Antes de empezar su relación sentimental, Almudena Grandes y Luis García Montero coincidieron en una mesa redonda sobre la utilidad de la literatura. Grandes, que acababa de publicar el libertario y erótico <em>Las edades de Lulú </em>era la más inexperta de la plantilla. Mientras que los demás defendían a capa y espada argumentos sólidos, ella pensaba que la literatura no servía para nada. En aquel momento, el que más tarde se convertiría en su pareja le replicó que aquel libro le había servido unas cuatro o cinco veces durante su lectura. Casi treinta años después y en un tono mucho más serio, Almudena Grandes conviene: “La literatura es útil en la medida en que se dirige al corazón de la personas”. A ella le cambió la vida. A mí, también.</p>
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		<title>&#8216;Los besos en el pan&#8217;</title>
		<link>https://periodismopre.ull.es/los-besos-en-el-pan/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Gema Denom]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 23 Jul 2016 10:54:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Almudena Grandes]]></category>
		<category><![CDATA[Los besos en el pan]]></category>
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					<description><![CDATA[Salgo de la librería y ojeo la portada del libro: es bella, es simple, es conmovedora. Apenas me alejo dos metros del umbral, lo abro y leo la dedicatoria: “A mis hijos, que nunca han tenido que besar el pan”. Y ya lo ha conseguido. Ya tengo ganas de empezar. ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Podría transportarnos a cualquier parte del Mundo y, sin embargo, estamos en Madrid. ¿Una decisión fortuita?, quizás. Que estemos en Madrid, nos permite ubicarnos, centrarnos, sentar una pequeña base sobre la que empezar la lectura. El ser humano vive afanado a esa necesidad de tocar tierra, pero la verdad es que Madrid no importa. Podríamos estar en Valencia, en Asturias o en Extremadura y el paisaje de los personajes hubiese sido el mismo. Pero al mismo tiempo, Madrid sí importa. Madrid es una metáfora, Madrid es España, es Europa. Madrid, es el Mundo. Porque esta historia es la historia de miles de historias y merece la pena atravesar sus puertas. Sí, la merece, aunque una vez dentro, será difícil volver a salir.</p>
<p>Resulta muy fácil humillarse en alabanzas hacia lectores consolidados. Tanto como lapidar en críticas a los que aún están empezando. Pero hoy mis palabras no tienen blandura, ni son delicadas por imposición. Lo que os van a contar, prometo, no es más que lo que mi corazón sintió como verdad.</p>
<p>Almudena Grandes Hernández lo ha hecho.  Ha conseguido que sus palabras vuelvan a estar hilvanadas por la grandeza de la sutileza y la virtud de saber afrontar la verdad con los ojos. Pero pocas cosas son las que puedo añadir sobre su figura, su proyección literaria o sus publicaciones. Se ha abierto paso en un sector sobreexplotado de producciones editoriales a golpe de obras maestras y <em>Los besos en el pan</em> es otra más de esas historias únicas e inolvidables.</p>
<p>Tres espacios temporales enredan la narrativa de esta novela: el antes, el ahora y el después. En medio de ese eje cronológico tan letal, en medio de esa marea de situaciones, casualidades, fracasos y despedidas, la vida pasa. A veces con sus encantos y otras con sus tantos desencantos. Aunque en ocasiones no pasa. Y simplemente se escapa. Los personajes la miran, cierran los ojos y prefieren dejarla marchar. Primavera, verano, otoño, invierno… No importa el tiempo, como tampoco el día, el mes o el año. Solo su continuo peregrinaje. Un avance lento, áspero y eterno en el que los personajes deberán decidir entre luchar o sucumbir, entre sobrevivir o morir. Y sin embargo, y extrañamente al mismo tiempo, vidas con tiempo cálidos, tiernos e inmortales. Tiempos de pequeñas ilusiones, de pequeños detalles y pequeños grandes momentos. Esos breves infinitos de felicidad que siempre estarán, si aprendemos a observar.</p>
<p>Así está la vida. Hay personas que luchan por sus ideas y personas que, por miedo, las encierran con sufrimiento para ellas. Personas que no están dispuestas a olvidar la luz y personas que ya no pueden, ni saben recordar.</p>
<h4>La España de los años treinta, cuarenta, cincuenta y sesenta</h4>
<hr />
<p>Las primeras palabras de la autora navegan por la historia de España de los años treinta, cuarenta, cincuenta y sesenta. Un país desdibujado por la pobreza extrema y el hambre agónica de sus calles anchas y callejuelas. Pero sus palabras no olvidan la otra España. Esa España valiente, con honor, fuerte y rebelde, que ni la guerra, ni la dictadura, ni el terror, lograron domar jamás. Esa España, al fin y cabo, que no podría más que reír ante nuestras actuales hecatombes, pues sabe que no son más que leves contratiempos inherentes a la vida.</p>
<p>El presente del libro es también nuestro presente. Nuestra realidad son sus historias, sus personajes y sus actos. Es presente la crisis, el veneno de la crisis,  es presente el desahucio y la injusticia, es presente hablar de paro, y es presente, aunque dé rabia reconocerlo, convivir con maltratadores y niños escuálidos y desnutridos. Es presente luchar por nuestra sanidad, esa que nos prometieron y que tan pronto nos arrebataron, es presente hablar de mafias y estafas bancarias;  pero también es presente hablar de todas esas personas que ya no están, esas que lo perdieron todo, que decidieron dejar respirar por culpa de una burbuja de papel, que jugaba a ser de acero.</p>
<p>Por último, solo queda el después. Ese espacio incierto y desconcertante. <em>Los besos en el pan</em> cierra con un pequeño epílogo. Y como es de esperar, la vida avanza, como siempre, con nuevos problemas que afrontar, nuevos recuerdos que almacenar y nuevas personas con las que caminar.</p>
<h4>La historia de Luna, la despedida de la madre de Pascual o la bondad de Sofía Salgado</h4>
<hr />
<p>Almudena Grandes consigue lo que sin duda era y es su objetivo: que el lector lo viva, lo sienta y lo entienda. Que se emocione con la historia de Luna, con la despedida de la madre de Pascual o con la bondad de Sofía Salgado. Que se ría con las situaciones tan atópicas y entrañables de Martina y su nieto Carlos, o que llore por esa mujer anónima cosida a puñaladas por su marido.  Un asesinato que el barrio consistió, porque nunca se atrevió a entender.</p>
<p>Pero, por encima de todo, que reflexione. Que reflexione sobre el amor, sobre la humildad, sobre la generosidad que a veces habita en los corazones de tantos seres humanos, sobre la muerte, sobre la soledad, sobre el tiempo y sobre lo afortunados que a veces somos, sin querer darnos cuenta.</p>
<p>No es una novela, es una radiografía sobrecogedora de la realidad. Es una historia real, pero a la vez ficticia. Nos enseña a luchar por la vida, por lo que queremos y en los que creemos. Nos muestra su dureza, su falta de tacto y sus intereses gélidos y carroñeros. Nos anima a exigir lo que es nuestro y nos hace entender, que aunque a veces no sea fácil, siempre habrá un pequeño motivo, un pequeño gran momento, un pequeño infinito de felicidad, por el que querer levantarnos al amanecer.</p>
<p>Los corazones pueden romperse y nunca volver a emitir un sonido, pero las voces de los que se fueron y de los que se quieren ir, de los que sufren y, que, sin embargo, se atreven a sonreír, de los que se rebelaron y aún se rebelan, jamás dejarán de latir.</p>
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